Durante meses no pude librarme del fantasma del gato; y, en este período, volvió a mi espíritu un medio sentimiento que parecía remordimiento, sin serlo. Fui tan lejos como para lamentar la pérdida del animal y para buscar a mi alrededor, entre los antros inmundos que ahora frecuentaba habitualmente, otra mascota de la misma especie y de apariencia más o menos similar con la que ocupar su lugar.
Una noche, mientras estaba sentado, medio estupefacto, en un antro de más que dudosa fama, mi atención se vio atraída de repente hacia un objeto negro que reposaba sobre la parte superior de uno de los inmensos toneles de ginebra o de ron que constituían el mobiliario principal de la estancia. Llevaba unos minutos mirando fijamente la parte superior de aquel tonel, y lo que ahora me causaba sorpresa era el hecho de no haber advertido antes el objeto que se encontraba sobre él. Me acerqué y lo toqué con la mano. Era un gato negro —muy grande, tan grande como Pluto, y que se le parecía en todo excepto en una cosa. Pluto no tenía un solo pelo blanco en ninguna parte del cuerpo; pero este gato tenía una mancha blanca grande, aunque indefinida, que cubría casi toda la región del pecho. Apenas lo hube tocado, se levantó de inmediato, ronroneó con fuerza, se frotó contra mi mano y pareció encantado con mi atención. Ésta era, pues, la criatura misma que andaba buscando. De inmediato me ofrecí a comprárselo al tabernero; pero este individuo no reclamaba ningún derecho sobre él, no sabía nada del gato y jamás lo había visto antes.
Continué con mis caricias y, cuando me disponía a volver a casa, el animal manifestó la intención de acompañarme. Se lo permití; deteniéndome de vez en cuando para agacharme y acariciarlo mientras avanzaba. Al llegar a la casa, se aclimató de inmediato y pronto se convirtió en el gran favorito de mi esposa.
Por mi parte, pronto sentí que empezaba a nacer en mí una aversión hacia él. Esto era justamente lo contrario de lo que había anticipado; pero