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nydus/Short FictionPublic
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El sistema del doctor Tarr y el profesor Fether

Bebimos. La compañía siguió nuestro ejemplo sin tasa. Charlaban, bromeaban, reían, perpetraban mil absurdidades; los violines chillaban, el tambor hacía pum-pum-pum, los trombones bramaban como otros tantos toros de Fálaris de bronce, y toda la escena, empeorando gradualmente a medida que los vinos iban tomando el ascendiente, se convirtió al fin en una especie de pandemonium in petto. Entre tanto, el señor Maillard y yo, con algunas botellas de Sauterne y Vougeôt entre ambos, continuamos nuestra conversación a gritos. Una palabra pronunciada en un tono normal tenía tantas probabilidades de ser oída como la voz de un pez desde el fondo de las cataratas del Niágara.

“Y, señor —dije, gritándole al oído—, usted mencionó algo antes de cenar sobre el peligro en que se incurría con el viejo sistema de apaciguamiento. ¿Cómo es eso?”.

“Sí —respondió él—, hubo, en ocasiones, un peligro en verdad muy grande.

No hay forma de explicarse los caprichos de los lunáticos; y, en mi opinión, así como en la del doctor Tarr y el profesor Fether, nunca es seguro permitirles andar sueltos y sin vigilancia.

A un lunático se le puede «calmar», como suele decirse, por un tiempo, pero, al final, es muy propenso a volverse revoltoso. Su astucia, además, es proverbial y grande. Si tiene un proyecto en mente, oculta sus designios con una sabiduría maravillosa; y la destreza con que finge la cordura presenta, para el metafísico, uno de los problemas más singulares en el estudio de la mente.

Cuando un loco parece del todo cuerdo, en efecto, ya es hora de ponerle una camisa de fuerza”.

“Pero el peligro, mi querido señor, del que hablaba, según su propia experiencia⁠—durante su dirección de esta casa⁠—, ¿ha tenido razones

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