Los excesos en la altura quedaban, sin embargo, más que compensados por las deficiencias en otros aspectos. Era sumamente delgado y, según afirmaban sus camaradas, habría podido servir, estando borracho, de gallardete en el tope del palo mayor, o, estando sobrio, de botalón de foque. Pero estas bromas, y otras de naturaleza similar, no habían producido en ningún momento efecto alguno sobre los músculos risorios del marinero. Con pómulos salientes, una gran nariz aguileña, mentón huidizo, mandíbula caída y enormes ojos blancos y saltones, la expresión de su rostro, aunque teñida de una especie de testaruda indiferencia hacia los asuntos y las cosas en general, no dejaba por ello de ser absolutamente solemne y seria, más allá de todo intento de imitación o descripción.
El marino más joven era, en toda su apariencia exterior, lo opuesto a su compañero.
Su estatura no debía de superar los cuatro pies. Un par de piernas rechonchas y zambas sostenían su figura regordeta y pesada, mientras que sus brazos, desacertadamente cortos y gruesos, provistos de unos puños nada ordinarios, pendían a los costados como las aletas de una tortuga marina.
Unos ojillos de color indefinido parpadeaban muy hundidos en su cabeza. Su nariz permanecía sepultada en la masa de carne que envolvía su rostro redondo, lleno y amoratado; y su grueso labio superior descansaba sobre el aún más grueso labio inferior con un aire de complaciente autosatisfacción, muy acrecentado por la costumbre que su dueño tenía de lamerse los labios de vez en cuando.
Evidentemente, miraba a su alto compañero con un sentimiento medio admirativo, medio burlón, y de vez en cuando le contemplaba el rostro como el sol rojo del atardecer contempla los riscos de Ben Nevis.