Sin embargo, aunque la abadía exterior, con su verdosa decadencia pendiendo de ella, sufrió escasa alteración, me entregué, con una perversidad infantil y tal vez con la débil esperanza de aliviar mis dolores, a un despliegue de magnificencia más que regia en su interior. Por tales extravagancias, incluso en la infancia, había adquirido un gusto, y ahora volvían a mí como si fuera en la decrepitud del dolor.
¡Ay, cuán bien comprendo cuánto de incipiente locura se habría podido descubrir en los suntuosos y fantásticos cortinajes, en las solemnes esculturas de Egipto, en las silvestres cornisas y en el mobiliario, en los patrones de manicomio de las alfombras de oro copetudo! Me había convertido en un esclavo encadenado a los grillos del opio, y mis trabajos y mis órdenes habían tomado el colorido de mis sueños. Pero no debo detenerme a detallar estos absurdos. Hablemos tan solo de aquella única cámara, por siempre maldita, adonde, en un momento de alienación mental, conduje desde el altar como mi esposa —como la sucesora de la inolvidable Ligeia— a la de cabellos dorados y ojos azules, la Dama Rowena Trevanion, de