“¡Está ahí arriba como una estatua romana! ¡Permanecerá en pie hasta que la Muerte lo haga mármol!”
—Ven —dijo al fin, volviéndose hacia una mesa de maciza plata ricamente esmaltada, sobre la que había unas pocas copas de colores fantásticos, junto a dos grandes vasijas etruscas, labradas con el mismo modelo extraordinario que la del primer plano del retrato, y llenas de lo que supuse que era Johannisberger.
—Ven —dijo bruscamente—, ¡bebamos! Es temprano, pero bebamos. Es en verdad temprano —continuó, pensativo, mientras un querubín con un pesado martillo de oro hacía resonar la estancia con la primera hora después de la salida del sol—: Es en verdad temprano, ¿pero qué importa? ¡Bebamos! ¡Virtamos una ofrenda a ese sol solemne que estas vistosas lámparas y pebeteros se empeñan tanto en dominar!
Y, tras hacerme brindar con él apurando una copa llena, tragó en rápida sucesión varias copas del vino.
—Soñar —continuó, retomando el tono de su conversación deshilvanada mientras levantaba hacia la rica luz de un incensario uno de los magníficos vasos—, soñar ha sido la ocupación de mi vida. Por lo tanto, he construido para mí, como veis, un boscaje de sueños. ¿Podría haber erigido uno mejor en el corazón de Venecia? Veis a vuestro alrededor, es verdad, una mezcla de ornamentos arquitectónicos. La castidad de Jonia se ve ofendida por artificios antediluvianos, y las esfinges de Egipto se extienden sobre alfombras de oro. Sin embargo, el efecto resulta incongruente solo para los tímidos. Las conveniencias de lugar, y especialmente de tiempo, son los espantajos que atemorizan a la humanidad impidiéndole contemplar lo magnífico. Una vez yo mismo fui un decorador; pero esa sublimación de la tontería ha perdido su