narración tuvieron su peso. Sufría mucho a causa de una agudeza mórbida de los sentidos; solo el alimento más insípido era soportable; solo podía usar prendas de cierta textura; los olores de todas las flores le resultaban opresivos; sus ojos eran torturados aun por una luz tenue; y no había más que sonidos peculiares, y estos procedentes de instrumentos de cuerda, que no le inspiraran horror.
A una anómala especie de terror lo encontré consagrado esclavo.
«Pereceré —dijo—, debo perecer en esta deplorable locura. Así, así, y no de otro modo, habré de perder verme. Temo los acontecimientos del porvenir, no en sí mismos, sino en sus resultados. Me estremezco al pensar en cualquier incidente, aun en el más trivial, que pueda influir sobre esta intolerable agitación del alma. No siento, en verdad, aversión por el peligro, excepto en su efecto absoluto: en el terror. En este estado desquiciado —en esta condición lastimosamente frágil—, siento que tarde o temprano llegará el momento en que deba abandonar la vida y la razón a la vez, en alguna lucha con el fúnebre fantasma, el Miedo».
Aprendí, por otra parte, a intervalos y mediante indicios inconexos y equívocos, otro rasgo singular de su estado mental. Estaba encadenado por ciertas impresiones supersticiosas respecto a la vivienda que habitaba y de donde, desde hacía muchos años, nunca se había aventurado a salir; respecto a una influencia cuya fuerza supuesta se expresaba en términos demasiado imprecisos para ser reiterados aquí; una influencia que ciertas peculiaridades en la forma misma y en la sustancia de su mansión solariega, a fuerza de una larga tolerancia, según decía, habían ejercido sobre su espíritu; un efecto que el aspecto físico de los muros grises y de las torres, y del oscuro estanque hacia el cual todos ellos seasomaban, había acabado por producir en la moral de su existencia.