de magnificencia que rayaba casi en lo sublime. En su tamaño, tanto los perros como los hombres debieron ver un emblema de sus conocimientos; en su inmensidad, una morada apropiada para su alma inmortal.
Podría aquí —si así me pluguiera— explayarme en cuestiones de atavíos y otras naderías del metafísico externo. Podría insinuar que el cabello de nuestro héroe se llevaba corto, peinado lacio sobre la frente y coronado por un gorro cónico de franela blanca con borlas; que su jubón verde oliva no seguía la moda de los usados por la clase común de los restauradores de la época; que las mangas eran algo más abullonadas de lo que el atuendo reinante permitía; que los puños estaban vueltos, no como era costumbre en aquel periodo bárbaro con tela de la misma calidad y color de la prenda, sino forrados de un modo más caprichoso con el terciopelo multicolor de Génova; que sus zapatillas eran de un púrpura brillante, curiosamente caladas, y habrían podido fabricarse en Japón de no ser por la exquisita punta afilada y los tintes fulgurantes del ribete y el bordado; que sus calzones eran de ese material amarillo semejante al satén llamado aimable; que su capa azul celeste, de forma parecida a una bata y ricamente tachonada por doquier de motivos carmesíes, ondeaba con donaire sobre sus hombros como una niebla matutina; y que su tout ensemble dio pie a las memorables palabras de Benevenuta, la Improvisatrice de Florencia, de que «resultaba difícil decir si Pierre Bon-Bon era en verdad un ave del Paraíso o más bien un paraíso de la perfección».
Podría, repito, explayarme sobre todos estos puntos si me placiera, pero me abstengo; los detalles meramente personales pueden dejarse para los novelistas históricos: están por debajo de la dignidad moral de la cruda realidad.
He dicho que «entrar en el café del callejón sin salida Le Febre era entrar en el santuario de un hombre de genio», pero entonces solo el hombre de