Al poco rato tomé una vela y, sentándome al otro extremo de la habitación, procedí a examinar el pergamino más de cerca. Al darle la vuelta, vi mi propio dibujo en el reverso, tal como lo había hecho. Mi primera idea, entonces, fue de mera sorpresa ante la verdaderamente notable similitud de contornos —ante la singular coincidencia implícita en el hecho de que, sin yo saberlo, hubiera una calavera en el otro lado del pergamino, inmediatamente debajo de mi figura del escarabajo, y de que esta calavera, no solo en el contorno, sino en el tamaño, se asemejara tanto a mi dibujo. Digo que la singularidad de esta coincidencia me dejó absolutamente estupefacto por un momento. Este es el efecto habitual de tales coincidencias. La mente lucha por establecer una conexión —una secuencia de causa y efecto— y, al ser incapaz de hacerlo, sufre una especie de parálisis temporal. Pero, cuando me hube recuperado de este estupor, comenzó a alborear en mí gradualmente una convicción que me turbó aún mucho más que la coincidencia. Empecé a recordar con absoluta claridad y certeza que no había ningún dibujo en el pergamino cuando hice mi boceto del escarabajo. Me convencí plenamente de esto, pues recordaba haber vuelto primero un lado y luego el otro en busca del lugar más limpio. De haber estado la calavera allí en ese momento, por supuesto no habría podido dejar de advertirla. He aquí, en verdad, un misterio que me parecía imposible de explicar; pero, incluso en ese temprano momento, pareció vislumbrarse tenuemente, en los recintos más remotos y secretos de mi intelecto, un concepto semejante a una luciérnaga de aquella verdad que la aventura de anoche trajo a tan magnífica demostración. Me levanté de inmediato y, guardando el pergamino en lugar seguro, desestimé toda mayor reflexión hasta que me encontrara a solas.
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El escarabajo de oro
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