conocimiento del inglés». El italiano cree que es la voz de un ruso, pero «nunca ha conversado con un nativo de Rusia». Un segundo francés difiere, además, del primero, y está seguro de que la voz era la de un italiano; pero, al no conocer esa lengua, está, como el español, «convencido por la entonación». ¡Pues bien, cuán extrañamente inusual debió de ser en verdad esa voz acerca de la cual pudo obtenerse un testimonio como este! ¡En cuyos tonos, incluso, los habitantes de las cinco grandes divisiones de Europa no pudieron reconocer nada familiar! Diréis que pudo haber sido la voz de un asiático, de un africano. Ni los asiáticos ni los africanos abundan en París; pero, sin negar la deducción, me limitaré ahora a llamar vuestra atención sobre tres puntos. La voz es calificada por un testigo como «áspera más bien que aguda». Dos testigos más la describen como «rápida y desigual». Ninguna palabra —ningún sonido semejante a palabras— fue mencionado por ningún testigo como distinguible.
—No sé —continuó Dupin—, qué impresión pueda haber hecho hasta ahora en su propio entendimiento; pero no dudo en afirmar que las deducciones legítimas, aun a partir de esta sola parte del testimonio —la relativa a las voces ronca y aguda—, bastan por sí mismas para engendrar una sospecha que debería orientar todo el progreso ulterior en la investigación del misterio. Dije «deducciones legítimas», pero con ello no expreso cabalmente mi pensamiento. Quise dar a entender que las deducciones son las únicas apropiadas, y que la sospecha surge inevitablemente de ellas como su único resultado. Cuál sea esa sospecha, sin embargo, no lo diré todavía. Solo deseo que tenga presente que, en mi caso, fue lo suficientemente enérgica como para dar una forma definida —una cierta dirección— a mis pesquisas en la habitación.
“Transportémonos ahora, en imaginación, a esta habitación. ¿Qué es lo primero que buscaremos aquí? Los medios de salida empleados por los asesinos. No es exagerado decir que ninguno de los dos cree en sucesos sobrenaturales. Madame y Mademoiselle L’Espanaye no fueron