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nydus/Short FictionPublic
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El coloquio de Monos y Una

elementos de esta. Incluso mientras se paseaba como un Dios en su propia fantasía, una imbecilidad infantil se apoderaba de él. Como era de suponer por el origen de su trastorno, se contagió de sistematismo y de abstracción. Se envolvió en generalidades. Entre otras ideas extrañas, la de la igualdad universal ganó terreno; y frente a la analogía y a Dios —a pesar de la voz de alarma de las leyes de gradación que de manera tan visible impregnan todas las cosas en la Tierra y en el Cielo— se hicieron denodados intentos hacia una Democracia omnipresente. Sin embargo, este mal brotaba necesariamente del mal principal: el Conocimiento. El hombre no podía a la vez saber y sucumbir. Mientras tanto, surgieron ciudades inmensas y humeantes, innumerables. Las hojas verdes se marchitaron ante el aliento abrasador de los hornos. El hermoso rostro de la Naturaleza quedó desfigurado como por los estragos de alguna enfermedad repugnante. Y me parece, dulce Una, que incluso nuestro sentido adormecido de lo forzado y lo rebuscado podría habernos detenido aquí. Pero ahora resulta que habíamos labrado nuestra propia destrucción en la perversión de nuestro gusto, o más bien en el ciego descuido de su cultivo en las escuelas. Pues, en verdad, fue en esta crisis cuando el gusto únicamente —esa facultad que, ocupando una posición intermedia entre el puro intelecto y el sentido moral, jamás se habría podido ignorar sin peligro—, fue ahora cuando el gusto solo podría habernos guiado suavemente de regreso a la Belleza, a la Naturaleza y a la Vida. Pero ¡ay del espíritu puramente contemplativo y de la majestuosa intuición de Platón! ¡Ay de la μουσικη que él consideraba con razón como una educación más que suficiente para el alma! ¡Ay de él y de ella!, ya que ambos hacían más extrema falta cuando más entera y totalmente se les había olvidado o despreciado.

Pascal, un filósofo que ambos amamos, ha dicho, ¡con qué verdad!—“que tout notre raisonnement se réduit à céder au sentiment”; y no es imposible que el sentimiento de lo natural, de habérsele concedido tiempo, hubiera recuperado su antiguo ascendiente sobre la áspera razón matemática de las escuelas. Pero esto no había de ser. Prematuramente inducida por la intemperancia del

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