Pero, al poco tiempo, el cielo de este afecto puro se ensombreció, y la penumbra, el horror y el dolor lo arrasaron como nubes. Dije que la niña crecía extrañamente en estatura e inteligencia. Extraño era, en verdad, su rápido aumento de tamaño corporal, ¡pero terribles, oh!, terribles fueron los pensamientos tumultuosos que se agolparon en mí mientras observaba el desarrollo de su ser mental. ¿Podía ser de otro modo, cuando descubría a diario en las concepciones de la niña los poderes y facultades adultas de la mujer?, ¿cuando las lecciones de la experiencia brotaban de los labios de la infancia?, ¿y cuando la sabiduría o las pasiones de la madurez brillaban a cada hora en su mirada llena y especulativa? Cuando, repito, todo esto se hizo evidente a mis sentidos aterrorizados —cuando ya no pude ocultarlo a mi alma, ni apartarlo de aquellas percepciones que temblaban al recibirlo—, ¿debe extrañar que sospechas de una naturaleza temible y excitante se filtraran en mi espíritu, o que mis pensamientos retrocedieran despavoridos ante los salvajes relatos y las apasionantes teorías de la sepultada Morella? Aparté de la mirada indiscreta del mundo a un ser que el destino me obligaba a adorar, y en el riguroso aislamiento de mi hogar, vigilé con una ansiedad agonizante todo lo concerniente a la amada.
Y a medida que los años pasaban, y contemplaba día tras día su rostro santo, apacible y elocuente, y me extasiaba ante su cuerpo en maduración, ¡día tras día descubría nuevos puntos de semejanza entre la niña y su madre, la melancólica y la muerta! Y de hora en hora se hacían más oscuras estas sombras de similitud, y más plenas, y más definidas, y más desconcertantes, y más horrorosamente terribles en su aspecto. Pues que su sonrisa fuera como la de su madre, podía soportarlo; pero entonces me estremecía ante su identidad demasiado perfecta; que sus ojos fueran como los de Morella, podía tolerarlo; pero entonces ellos, también, miraban muy a menudo las profundidades de mi alma con el sentido intenso y desconcertante de la propia Morella. Y en el contorno de la alta frente, y en los rieles del cabello sedoso, y en los dedos cetrinos que se hundían en él, y en los tonos musicales y tristes de su voz, y sobre