—Nunca le he dedicado un solo pensamiento —dije.
“Hay un juego de acertijos —prosiguió— que se juega sobre un mapa. Uno de los participantes reta al otro a encontrar una palabra determinada —el nombre de una ciudad, un río, un estado o un imperio—, en fin, cualquier palabra sobre la superficie variopinta y compleja del plano. Un novato en el juego suele intentar desconcertar a sus oponentes dándoles los nombres escritos con las letras más diminutas; pero el experto selecciona aquellas palabras que se extienden, con caracteres grandes, de un extremo a otro del mapa. Estas, al igual que los letreros y carteles de letras desproporcionadamente grandes en la calle, pasan desapercibidas a fuerza de ser excesivamente obvias; y aquí la negligencia física es exactamente análoga a la incomprensión moral por la cual el intelecto deja pasar inadvertidas aquellas consideraciones que son demasiado ostensible y palpablemente evidentes por sí mismas. Pero este es un punto, al parecer, un poco por encima o por debajo del entendimiento del Prefecto. Ni por un momento se le ocurrió que fuera probable o