mechones en cuestión tan bien como yo. Sus raíces (¡una visión espantosa!) estaban cuajadas de fragmentos de la carne del cuero cabelludo; prueba segura de la prodigiosa potencia que se había ejercido al arrancar de un golpe quizás medio millón de pelos. El cuello de la anciana no estaba meramente cortado, sino la cabeza absolutamente separada del cuerpo: el instrumento era una simple navaja de afeitar. Deseo también que consideréis la brutal ferocidad de estos actos. De los hematomas en el cuerpo de Madame L’Espanaye no hablo. Monsieur Dumas, y su digno coadjutor Monsieur Etienne, han dictaminado que fueron infligidos por algún instrumento obtuso; y en esto los caballeros están muy en lo cierto. El instrumento obtuso era claramente el pavimento de piedra del patio, sobre el cual la víctima había caído desde la ventana que daba a la habitación. Esta idea, por muy simple que ahora parezca, se le escapó a la policía por la misma razón por la que se les escapó la anchura de los contraventores: porque, con el asunto de los clavos, sus percepciones habían quedado herméticamente selladas contra la posibilidad de que las ventanas hubieran sido abiertas jamás.
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Los crímenes de la calle Morgue
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