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nydus/Short FictionPublic
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El cuento mil y segundo de Scheherazade

más, percibimos sobre el lomo de la criatura una gran cantidad de animales del tamaño y la forma de los hombres, y en todo muy parecidos a ellos, excepto en que no llevaban ropas (como los hombres), estando provistos (por la naturaleza, sin duda) de una cubierta fea e incómoda, bastante parecida a la tela, pero tan ceñida a la piel que volvía a los pobres infelices ridículamente torpes y, al parecer, los sometería a un dolor intenso. En las puntas mismas de sus cabezas había ciertas cajas de aspecto cuadrado que, a primera vista, pensé que podrían haber tenido la intención de servir como turbantes, pero pronto descubrí que eran excesivamente pesadas y macizas, por lo que deduje que eran ingenios diseñados, por su gran peso, para mantener las cabezas de los animales firmes y seguras sobre sus hombros. Alrededor de los cuellos de las criaturas iban atados collares negros (insignias de servidumbre, sin duda), como los que ponemos a nuestros perros, solo que mucho más anchos e infinitamente más rígidos, de modo que era totalmente imposible para estas pobres víctimas mover la cabeza en cualquier dirección sin mover el cuerpo al mismo tiempo; y así estaban condenados a la contemplación perpetua de sus narices, una vista remetida y chata en un grado maravilloso, si no positivamente espantoso’.

“ —Cuando el monstruo casi había llegado a la orilla donde estábamos, de repente sacó uno de sus ojos a gran distancia, y emitió desde él un terrible destello de fuego, acompañado de una densa nube de humo y de un ruido que no puedo comparar con nada más que con el trueno. Al disiparse el humo, vimos a uno de los extraños hombres-animales de pie cerca de la cabeza de la gran bestia con una trompeta en la mano, a través de la cual (llevándosela a la boca) se dirigió a nosotros al poco rato en tonos altos, ásperos y desagradables que, tal vez, habríamos tomado por lenguaje de no haber salido por completo a través de la nariz”.

—Siendo de este modo evidentemente interpelado, no sabía qué responder, pues de ningún modo podía comprender lo que se decía; y en esta dificultad me volví hacia el porteador, que estaba a punto de

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