para un examen más minucioso de la región circundante. Olvido, sin embargo, mediante qué ingenioso hilo de razonamiento fue que el «Viejo Charley» terminó por convencer a la asamblea de que este era el plan más imprudente que podía seguirse. No obstante, los convenció —a todos excepto al señor Pennifeather— y, al final, se dispuso que la búsqueda se llevara a cabo, con sumo cuidado y exhaustividad, por los burgueses en masa, guiando el propio «Viejo Charley» la marcha.
En cuanto a eso, no podría haber habido mejor pionero que «el viejo Charley», de quien todo el mundo sabía que tenía ojos de lince; pero, aunque los condujo por toda clase de escondrijos y recovecos, por rutas cuya existencia nadie había sospechado jamás en las inmediaciones, y aunque la búsqueda se mantuvo incesantemente día y noche durante casi una semana, no pudo descubrirse rastro alguno del señor Shuttleworthy. Sin embargo, cuando digo rastro, no debe entenderse que hablo literalmente; pues rastro, en cierta medida, desde luego que lo había. Al infeliz caballero se le había seguido la pista, por las herraduras de su caballo (que eran peculiares), hasta un punto a unas tres millas al este del municipio, en el camino principal que conducía a la ciudad. Allí, el rastro se desviaba hacia un sendero a través de un trecho de frondosa arboleda; el sendero volvía a salir al camino principal, recortando media milla de la distancia habitual. Siguiendo las marcas de las herraduras por este callejón, el grupo llegó por fin a un charco de agua estancada, medio oculto por las zarzas, a la derecha del camino, y frente a este charco se perdió todo vestigio del rastro. Parecía, sin embargo, que allí había tenido lugar un forcejeo de algún tipo, y daba la impresión de que algún cuerpo grande y pesado, mucho más grande y pesado que un hombre, había sido arrastrado desde el sendero hasta el charco.