en algunas porciones había adquirido un brillo doloroso incluso para la vista. Mi visión hacia abajo se hallaba asimismo considerablemente entorpecida porque la densa atmósfera en las inmediaciones de la superficie estaba cargada de nubes, entre cuyas masas solo de tanto en tanto podía obtener un atisbo de la propia tierra. Esta dificultad de visión directa me había aquejado más o menos durante las últimas cuarenta y ocho horas; pero mi enorme elevación actual aglutinaba, por decirlo así, los cuerpos flotantes de vapor, y la incomodidad se tornaba por supuesto más y más palpable en proporción a mi ascenso. No obstante, advertía con facilidad que el globo sobrevolaba ahora la cordillera de los grandes lagos en el continente de América del Norte y mantenía un rumbo sur estricto que me conduciría a los trópicos. Esta circunstancia no dejó de causarme la más honda satisfacción y la saludé como un feliz augurio de éxito definitivo. De hecho, la dirección que había tomado hasta entonces me había colmado de inquietud; pues era evidente que, de haberla prolongado mucho más, no habría existido la menor posibilidad de llegar a la luna, cuya órbita está inclinada respecto a la eclíptica en un ángulo exiguo de tan solo 5° 8′ 48″. Por extraño que parezca, fue solo en este tardío momento cuando comencé a comprender el grave error cometido al no tomar mi punto de partida de la tierra en algún punto del plano de la elipse lunar. > > “ 9 de abril . Hoy el diámetro de la tierra disminuyó considerablemente y el color de la superficie adquirió por horas un tinte amarillo más profundo. El globo prosiguió firme su curso hacia el sur y llegó, a las nueve de la noche, sobre el borde septentrional
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La incomparable aventura de un tal Hans Pfaall
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