semejante sensación. En verdad, la licencia de la mascarada en aquella noche era casi ilimitada; pero la figura en cuestión había satirizado al mismo satirizador, y traspasado los límites aun del indefinido decoro del príncipe. Hay cuerdas en los corazones de los más temerarios que no pueden ser tocadas sin emoción. Aun para los perdidos del todo, para quienes la vida y la muerte son igualmente una broma, hay asuntos sobre los cuales no se puede hacer broma alguna. Toda la compañía, en verdad, pareció sentir profundamente ahora que en el disfraz y el porte del extraño no existían ni el ingenio ni el decoro. La figura era alta y macilenta, y estaba envuelta de pies a cabeza en las vestiduras de la tumba. La máscara que ocultaba el rostro estaba hecha de tal modo que se parecía al semblante de un cadáver rígido, de modo que el más atento escrutinio habría tenido dificultad en detectar el engaño. Y, sin embargo, todo esto habría podido ser tolerado, si no aprobado, por los enloquecidos juerguistas de alrededor. Pero el disfrazado había llegado al
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La máscara de la Muerte Roja
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