de afabilidad y omnisciencia, las señoritas Arabella y Miranda Cognoscenti. Aquel gran tragediano, Climax, interpretaba a Yago ante una sala abarrotada, y experimenté cierta pequeña dificultad para hacer que se comprendieran mis deseos; sobre todo, porque nuestro palco estaba al lado de los bastidores y dominaba por completo el escenario.
—¡Smith! —dijo la señorita Arabella, al fin de comprender el sentido de mi pregunta—; ¡Smith!... ¿a qué no será el general John A. B. C.?
“¡Smith!”, preguntó Miranda, pensativa. “Dios mío, ¿has visto jamás una figura más esbelta?”
“Jamás, señora, pero dígame por favor—”
¿O tan inimitable gracia?
“¡Jamás, palabra de honor!—Pero, le ruego que me informe—”
“¿O tal vez solo un afán de efecto teatral?”
“¡Señora!”
“¿O un sentido más delicado de las verdaderas bellezas de Shakespeare? ¡Tenga la bondad de mirar esa pierna!”
—¡Mil demonios! —y volví a mirar a su hermana.
—¡Smith! —dijo ella—, ¿cómo, no el general John A. B. C.? Espantoso asunto aquel, ¿verdad?, grandes canallas, esos Bugaboos..., salvajes y demás..., ¡pero vivimos en una época maravillosamente inventiva! —¡Smith! —¡Oh, sí! ¡Gran hombre! —¡perfecto desperado! —¡renombre inmortal! —¡prodigios de valor! ¿Nunca oyó hablar de él? [Esto fue dicho con un grito.] —¡Dios mío! ¡Pero si es el hombre que...