en torno a mí. Mis deficiencias visuales fueron entonces explicadas; pues estas eran notorias, aunque yo ignoraba por completo dicha notoriedad, y mi buena y anciana pariente descubrió, muy para su disgusto, que se había equivocado al suponer que yo era consciente de su identidad, y que no había hecho más que ponerme en ridículo al cortejar abiertamente, en un teatro, a una anciana desconocida. A modo de castigo por esta imprudencia, urdió un plan con Talbot. Este se mantuvo deliberadamente fuera de mi alcance para evitar hacer las presentaciones. Mis indagaciones callejeras sobre «la encantadora viuda, Madame Lalande», se supuso que se referían a la dama más joven, por supuesto, y así la conversación con los tres caballeros que encontré poco después de salir del hotel de Talbot se explicará fácilmente, así como su alusión a Ninon de Lenclos. No tuve oportunidad de ver de cerca a Madame Lalande a la luz del día; y, en su soirée musical, mi tonta debilidad de rechazar la ayuda de los lentes me impidió por completo descubrir su edad. Cuando se llamó a «Madame Lalande» para que cantara, se aludía a la dama más joven; y fue ella quien se levantó para obedecer la llamada; mi tatarabuela, para fomentar el engaño, se levantó en el mismo instante y la acompañó al piano en el salón principal. Si yo hubiera decidido escoltarla hasta allí, su intención había sido sugerir la conveniencia de que yo me quedara donde estaba; pero mis propias consideraciones prudentes hicieron esto innecesario. Las canciones que tanto admiré, y que confirmaron de tal modo mi impresión sobre la juventud de mi amada, fueron interpretadas por Madame Stephanie Lalande. El monóculo me fue obsequiado a modo de reprimenda por la broma pesada; un aguijón para el epigrama del engaño. Su entrega brindó la
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Las gafas
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