de su alegría y despreocupación! ¡Oh, belleza deslumbrante pero fantástica! ¡Oh, sílfide entre los arbustos de Arnheim! ¡Oh, náyade entre sus fuentes! Y luego —luego todo es misterio y terror, y un relato que no debe ser contado. La enfermedad —una enfermedad fatal— cayó como el simún sobre su cuerpo; y, aun mientras la contemplaba, el espíritu del cambio se a abatió sobre ella, invadiendo su mente, sus hábitos y su carácter, y, de la manera más sutil y terrible, ¡perturbando incluso la identidad de su persona! ¡Ay, el destructor vino y se fue!, y la víctima, ¿dónde está? No la conocía — o ya no la conocía como a Berenice.
Entre el numeroso séquito de enfermedades sobrevenidas por aquella fatal y primordial que efectuó una revolución de un carácter tan horrible en el ser moral y físico de mi prima, puede mencionarse como la más angustiosa y obstinada en su naturaleza una especie de epilepsia que no pocas veces desembocaba en el propio trance, un trance muy semejante a la disolución positiva, y del cual su manera de recuperarse era, en la mayoría de los casos, pasmosamente abrupta. Mientras tanto, mi propia enfermedad —pues se me ha dicho que no debo aplicarle otro apelativo—, mi propia enfermedad, digo, creció rápidamente en mí y asumió finalmente un carácter monomaníaco de una forma novedosa y extraordinaria, ganando vigor hora a hora y momento a momento, y obteniendo al fin sobre mí el ascendiente más incomprensible. Esta monomanía, si así debo llamarla, consistía en una irritabilidad morbida de aquellas propiedades de la mente que en la ciencia metafísica se denominan atentivas. Es más que probable que no se me comprenda; pero temo, en verdad, que no sea de ningún modo posible transmitir a la mente del lector meramente común una idea adecuada de aquella intensidad nerviosa de interés con que, en mi caso, las facultades de la meditación (por no hablar técnicamente) se ocupaban y sepultaban a sí mismas en la contemplación de incluso los más ordinarios objetos del universo.
Meditar durante largas e indefatizables horas, con la atención clavada en algún adorno frívolo del margen o de la tipografía de un libro;