desconocido enpalideció. Anduvo meditabundo unos pasos por la que antes fuera concurrida avenida, luego, con un pesado suspiro, giró en dirección al río y, adentrándose por una gran variedad de intrincados caminos, salió, por fin, a la vista de uno de los principales teatros. Estaba a punto de cerrar y el público atestaba las puertas. Vi al anciano jadear como si le faltara el aire mientras se lanzaba en medio de la multitud; pero me pareció que la intensa agonía de su semblante había disminuido en cierta medida. Su cabeza volvió a caer sobre su pecho; parecía tal como lo había visto al principio. Observé que ahora tomaba el rumbo por el que se había marchado el mayor número de espectadores—, pero, en conjunto, no alcanzaba a comprender la caprichosidad de sus actos.
A medida que avanzaba, la compañía se fue dispersando y volvieron su antigua inquietud y vacilación. Durante algún tiempo siguió de cerca a un grupo de unos diez o doce juerguistas; pero de este número se fueron apartando uno a uno, hasta que solo quedaron tres juntos, en un callejón estrecho y sombrío poco frecuentado. El desconocido se detuvo y, por un momento, pareció perdido en sus pensamientos; luego, con todas las señales de agitación, siguió rápidamente una ruta que nos condujo a los confines de la ciudad, en medio de regiones muy distintas de las que hasta entonces habíamos recorrido. Era el barrio más pestilente de Londres, donde todo llevaba la peor impronta de la más deplorable pobreza y del más desesperado crimen. A la tenue luz de alguna lámpara ocasional, se veían altos caserones de madera, antiguos y comidos por la polilla, tambaleándose hacia su ruina en direcciones tan numerosas y caprichosas que apenas se advertía la apariencia de un pasaje entre ellos. Las piedras de la pavimentación yacían al azar, desplazadas de sus lechos por la hierba de crecimiento lozano. Una inmundicia horrible se pudría en las cloacas estancadas. Toda la atmósfera rezumaba desolación. Sin embargo, a