Qui n’a plus qu’un moment a vivre N’a plus rien a dissimuler.
De mi país y de mi familia tengo poco que decir. El mal trato y el paso de los años me han alejado de lo primero y me han enemistado con lo segundo. La riqueza hereditaria me proporcionó una educación de orden poco común, y una inclinación contemplativa me permitió ordenar los tesoros que el estudio temprano había acumulado con gran diligencia.
Por encima de todas las cosas, el estudio de los moralistas alemanes me causó un gran deleite; no por una inoportuna admiración hacia su elocuencia enloquecida, sino por la facilidad con que mis hábitos de pensamiento riguroso me permitían detectar sus falsedades. A menudo se me ha reprochado la aridez de mi genio; se me ha achacado como un delito la deficiencia de imaginación; y el pirronismo de mis opiniones me ha hecho célebre en todo momento.
En verdad, un fuerte gusto por la filosofía natural ha teñido mi mente, me temo, con un error muy común de esta época: me refiero al hábito de atribuir los acontecimientos, aun a aquellos menos susceptibles de tal atribución, a los principios de esa ciencia. Con todo, ninguna persona podría ser menos propensa que yo a dejarse arrancar de los severos recintos de la verdad por los ignes fatui de la superstición.
He creído conveniente hacer estas precisiones para que el increíble relato que tengo que contar no sea considerado más bien el delirio de una imaginación inmadura, antes bien que la experiencia positiva de una mente para la cual las ensoñaciones de la fantasía han sido letra muerta y nulidad.