por timidez —fruto de la inexperiencia—, me turbó un poco cierta incoherencia, cierto aire bizarro (como decimos en Francia), que presentaba la composición en su conjunto. No todas las frases encajaban (como decimos en anglosajón). Muchas estaban bastante torcidas. Algunas, incluso, aparecían patas arriba; y no había ninguna que no resultara afectada, en cierta medida, en cuanto a su efecto, por este último género de accidente, cuando ocurría —a excepción de los párrafos del señor Lewis Clarke, que eran tan vigorosos y, en suma, tan recios, que parecían no alterarse demasiado ante ninguna postura extrema, sino que se mostraban igualmente felices y satisfactorios, ya estuvieran sobre sus cabezas o sobre sus talones.
¿Qué fue del editor del Gad-Fly, tras la publicación de mi crítica sobre su «Aceite-de-Bob», resulta un tanto difícil de determinar. La conclusión más razonable es que lloró hasta morir. En cualquier caso, desapareció instantáneamente de la faz de la tierra, y desde entonces nadie ha vuelto a ver ni su sombra.
Una vez cumplido este cometido como debiera y aplacadas las Furias, gocé de inmediato del gran favor del señor Crab. Me tomó en su confianza, me dio un puesto permanente como Thomas Hawk del Lollipop y, dado que por el momento no podía permitirse pagarme un sueldo, me permitió aprovecharme, a discreción, de sus consejos.
—Mi querido Thingum —me dijo un día después de cenar—, respeto sus capacidades y lo quiero como a un hijo. Usted será mi heredero. Cuando muera le legaré el Pirulí. Entre tanto haré de usted un hombre —vaya que sí—, a condición siempre de que siga mis consejos. Lo primero que hay que hacer es deshacerse del viejo cenizo.
—¿Jabalí? —dije preguntando—; ¿cerdo, eh?; ¿aper? (como decimos en latín); ¿quién?; ¿dónde?
—Tu padre —dijo él.