muerta en el acto, sin soltar un gemido.
Cometido este espantoso asesinato, me dispuse en el acto, y con total premeditación, a la tarea de ocultar el cuerpo.
Sabía que no podía sacarlo de la casa, ni de día ni de noche, sin correr el riesgo de ser observado por los vecinos. Muchos proyectos cruzaron por mi mente.
- En un momento pensé en trocear el cadáver en minúsculos fragmentos y destruirlos por el fuego.
- En otro, resolví cavarle una tumba en el suelo del sótano.
- De nuevo, medité acerca de arrojarlo al pozo del patio, o de empaquetarlo en una caja, como si fuera mercancía, con los procedimientos habituales, y encargar así a un porteador que lo sacara de la casa.
Finalmente di con lo que consideraba un recurso mucho mejor que cualquiera de estos. Decidí amurallarlo en el sótano, tal como las crónicas cuentan que los monjes de la Edad Media amurallaban a sus víctimas.