Digámoslo mejor: un punto en la vaga infinidad. Indudablemente, fue en la decrepitud de la Tierra cuando morí. Cansado en el alma de inquietudes que tenían su origen en la agitación y la decadencia generales, sucumbí a la fiebre implacable. Tras unos pocos días de dolor, y muchos de delirio ensoñador repleto de éxtasis —cuyas manifestaciones tomasteis por dolor, mientras yo ansiaba desengañaros, mas era impotente para hacerlo—, tras unos días sobrevino en mí, como habéis dicho, un sopor sin aliento y sin movimiento; y esto fue llamado Muerte por quienes me rodeaban.
Las palabras son cosas vagas. Mi condición no me privó de la sensibilidad. Me pareció poco disímil de la extrema quietud de aquel que, habiendo dormido larga y profundamente, yaciendo inmóvil y totalmente postrado en un mediodía pleno de verano, comienza a retornar lentamente a la conciencia, por la mera suficiencia de su sueño, y sin ser despertado por perturbaciones externas.
No respiraba más. Los pulsos estaban quietos. El corazón había cesado de latir. La voluntad no se había marchado, pero era impotente. Los sentidos estaban inusualmente activos, aunque de un modo excéntrico, asumiendo a menudo las funciones de los otros al azar. El gusto y el olfato se confundían inextricablemente, y se convertían en una sola sensación, anormal e intensa. El agua de rosas con la que tu ternura había humedecido mis labios hasta el final, me afectaba con dulces fantasías de flores—flores fantásticas, mucho más hermosas que cualquiera de las de la vieja Tierra, pero cuyos prototipos tenemos aquí floreciendo a nuestro alrededor. Los párpados, transparentes y sin sangre, no ofrecían un impedimento completo a la visión. Como la voluntad estaba en suspenso, los globos