corcovas hacia el interior de la aldea, el viejo aspecto achaparrado de sus zapatos suscitó no poca sospecha; y más de un burgués que lo contempló aquel día habría dado algo por echar una ojeada bajo el pañuelo de cambray blanco que colgaba de manera tan ostentosa del bolsillo de su casaca de cola de golondrina. Pero lo que causaba principalmente una justa indignación era que el bribón petimetre, mientras se marcaba un fandango por aquí y un remolino por allá, no parecía tener la más remota idea en el mundo de lo que era llevar el compás en sus pasos.
A la buena gente del municipio, sin embargo, apenas le dio tiempo de abrir bien los ojos cuando, faltando justo medio minuto para el mediodía, el bribón irrumpió, como digo, en medio de ellos; dio un chassez aquí y un balancez allá; y luego, tras un pirouette y un pas-de-zephyr, se lanzó con un elegante salto de pichón directo al campanario de la Casa del Consejo Municipal, donde el atónito campanero sentado fumaba en un estado de dignidad y consternación.
Pero el amiguito lo agarró de inmediato por la nariz; se la retorció y se la tiró; le encasquetó el gran chapeau-de-bras en la cabeza; se lo bajó hasta taparle los ojos y la boca; y luego, alzando el gran violín, lo golpeó con él de manera tan prolongada y rotunda que, entre lo gordo que era el campanero y lo hueco que era el violín, habríais jurado que había un regimiento entero de bateristas de contrabajo tocando a paso redoblado allá arriba, en el campanario de la torre de Vondervotteimittiss.
No es posible saber a qué desesperado acto de venganza habría incitado a los habitantes este inescrupuloso ataque, de no ser por el importante hecho de que faltaba ya solo medio segundo para el mediodía. La campana estaba a punto de sonar, y era una cuestión de absoluta y preeminente necesidad que todo el mundo mirara bien su reloj. Era evidente, sin embargo, que justo en ese momento el tipo del campanario