primero, habría razonado así: «Este tipo descubre que en el primer caso adiviné nones y, en el segundo, se propondrá a sí mismo, por un primer impulso, una simple variación de par a impar, tal como hizo el primer tonto; pero un segundo pensamiento le sugerirá que esta es una variación demasiado simple y, finalmente, decidirá dejarlo en par como antes. Por lo tanto, adivinaré par»; adivina par y gana. Ahora bien, este modo de razonar del escolar, a quien sus compañeros tildaban de «afortunado» —en su último análisis, ¿qué es?
—Es meramente —dije—, una identificación del intelecto del razonador con el de su oponente.
«Lo es», dijo Dupin; «y al preguntarle al muchacho por qué medios logró esa perfecta identificación en cuyo éxito consistía [su acierto], recibí la siguiente respuesta:
“Cuando quiero averiguar cuán sabio, cuán estúpido, cuán bueno o cuán perverso es alguien, o cuáles son sus pensamientos en ese momento, configuro la expresión de mi rostro, tan exactamente como me es posible, de acuerdo con la expresión del suyo, y luego espero a ver qué pensamientos o sentimientos surgen en mi mente o en mi corazón, como para emparejarse o corresponderse con la expresión”.
Esta respuesta del escolar se halla en la base de toda la falsa profundidad que se ha atribuido a Rochefoucault, a La Bougive, a Maquiavelo y a Campanella».
—Y la identificación —dije—, del intelecto del razonador con el de su oponente, depende, si bien le comprendo, de la precisión con que se mida el intelecto de ese oponente.
“De su valor práctico depende esto —respondió Dupin—; y el prefecto y su cohorte fracasan tan frecuentemente, primero, por defecto de esta