whist, si me hace el favor, señor Tattle—; sin embargo, esta es la era de la invención, ciertamente la era, se puede decir—; la era por excelencia—; ¿habla francés?—; ¡oh, todo un héroe—; un perfecto desperado!—; ¿no hay corazones, señor Tattle? No lo creo—; ¡renombre inmortal y todo eso!—; ¡prodigios de valor! ¿¡Jamás oyó hablar de él!?—; ¡vaya, Dios míos, es el hombre—
“¡Mann!— ¡El capitán Mann!”, gritó aquí alguna entrometida pequeñita y femenina desde el rincón más alejado de la habitación.
“¿Está hablando del capitán Mann y del duelo?—¡oh, debo enterarme—cuéntelo—siga, señora O’Trump!—¡vamos, siga ya!”
Y la señora O’Trump siguió—todo acerca de un tal capitán Mann, a quien o bien habían fusilado o ahorcado, o bien debían haber fusilado y ahorcado a la vez. ¡Sí! La señora O’Trump siguió, y yo—yo me fui.
No hubo posibilidad de enterarse de nada más aquella noche en lo que respecta al brigadier general por inducción John A. B. C. Smith.