siguiente, a excepción de la interrupción periódica. > > “ 4 de abril . Me levanté con buena salud y buen ánimo, y quedé asombrado ante el singular cambio operado en el aspecto del mar. Había perdido en gran medida el profundo tinte azul que lucía hasta entonces, siendo ahora de un blanco grisáceo y de un brillo deslumbrante a la vista. Las islas ya no eran visibles; si habían rebasado el horizonte hacia el sureste o si mi creciente elevación las había dejado fuera de vista, es imposible decirlo. Me inclinaba, no obstante, hacia esta última opinión. El reborde de hielo hacia el norte se hacía cada vez más patente. Frío ni mucho menos tan intenso. Nada de importancia sucedió y pasé el día leyendo, habiendo tenido la precaución de proveerme de libros. > > “ 5 de abril . Presencié el singular fenómeno del sol al salir mientras casi toda la superficie visible de la tierra continuaba envuelta en la oscuridad. Con el tiempo, sin embargo, la luz se extendió por todas partes y volví a ver la línea de hielo hacia el norte. Era ya muy clara y parecía de un tono mucho más oscuro que las aguas del océano. Me aproximaba a ella de manera evidente y con gran rapidez. Creí poder distinguir de nuevo una franja de tierra hacia el este y otra hacia el oeste, mas no pude asegurarlo. Tiempo moderado. Nada de consecuencia ocurrió durante el día. Me fui temprano a la cama. > > “ 6 de abril . Me sorprendió hallar el reborde de hielo a una distancia muy moderada, y un inmenso campo del mismo material extendiéndose hacia el horizonte por el norte. Era evidente que, de mantener el globo su rumbo actual, llegaría pronto por encima del
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La incomparable aventura de un tal Hans Pfaall
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