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nydus/Short FictionPublic
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Los crímenes de la calle Morgue

A medida que el simio se acercaba al balcón con su carga mutilada, el marinero retrocedió horrorizado hacia la barra y, deslizándose más que trepando por ella, se apresuró a marchar a casa —temiendo las consecuencias de la carnicería y abandonando gustoso, en su terror, toda inquietud sobre el destino del orangután.

Las palabras escuchadas por el grupo en la escalera eran las exclamaciones de horror y espanto del francés, entremezcladas con los parloteos diabólicos de la bestia.

Apenas tengo nada que añadir. El orangután debió de escapar de la estancia por la barra, justo antes de que se abriera la puerta. Debió de cerrar la ventana al pasar a través de ella. Poco después fue capturado por su propio dueño, quien obtuvo por él una suma muy elevada en el Jardín de las Plantas. Le Bon fue puesto en libertad al instante, tras nuestro relato de los hechos (con algunos comentarios de Dupin) en la oficina del prefecto de policía. Este funcionario, aunque bien dispuesto hacia mi amigo, no pudo ocultar del todo su chasco

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