recibir una señal mía.
La puerta principal de la casa se había quedado abierta, y el visitante había entrado, sin llamar, y avanzado varios peldaños por la escalera.
Ahora, sin embargo, parecía dudar.
Al poco rato le oímos descender. Dupin se dirigía velozmente hacia la puerta, cuando volvimos a oírle subir. No dio media vuelta por segunda vez, sino que subió con decisión y llamó a la puerta de nuestra habitación.
—Entre —dijo Dupin, en un tono alegre y cordial.
Entró un hombre. Era un marinero, evidentemente; un individuo alto, fornido y de aspecto musculoso, con cierta expresión audaz en el rostro, no del todo desagradable. Su cara, muy bronceada por el sol, estaba medio oculta por patillas y bigote. Llevaba consigo una enorme cachiporra de roble, pero por lo demás parecía ir desarmado. Hizo una reverencia torpe y nos dio las «buenas noches» con acento francés que, aunque algo neuchatelés, bastaba para indicar un origen parisino.