Hace muchos años, se llevaba la moda de ridiculizar la idea del «amor a primera vista»; pero los que piensan, no menos que los que sienten profundamente, siempre han abogado por su existencia. Los descubrimientos modernos, en verdad, en lo que puede llamarse magnetismo ético o magnetoestética, hacen probable que los afectos humanos más naturales y, por consiguiente, los más verdaderos e intensos, sean aquellos que surgen en el corazón como por simpatía eléctrica; en una palabra, que las cadenas psíquicas más brillantes y duraderas son las que se remachan con una sola mirada. La confesión que estoy a punto de hacer añadirá un ejemplo más a los ya casi innumerables de la verdad de esta postura.
Mi historia exige que sea un tanto minucioso. Todavía soy un hombre muy joven —que aún no cumple veintidós años—. Mi apellido, por el momento, es muy común y más bien plebeyo: Simpson. Digo «por el momento», porque hace poco que me llaman así; adopté legalmente este apellido en el último año para poder recibir una gran herencia que me dejó un pariente varón lejano, Adolphus Simpson, Esq. El legado estaba condicionado a que adoptara el apellido del testador —el de familia, no el de pila; mi nombre de pila es Napoleón Bonaparte—, o, más exactamente, estos son mis nombres primero y del medio.
Adopté el apellido Simpson con cierta reticencia, pues en mi verdadero patronímico, Froissart, sentía un orgullo muy disculpable, al creer que podía rastrear una ascendencia hasta el inmortal autor de las «Crónicas». A propósito de nombres, por cierto, puedo mencionar una singular coincidencia de sonido en los nombres de algunos de mis predecesores inmediatos. Mi padre era un tal Monsieur Froissart, de París. Su esposa —mi madre, con quien se casó a los quince años— era una señorita