estas damas cultas que aquello que describimos como belleza personal consiste enteramente en la protuberancia de la región que se encuentra no muy lejos de la parte baja de la espalda. La perfección de la hermosura, dicen, está en razón directa de la extensión de este bulto. Habiendo estado poseídas por esta idea durante mucho tiempo, y siendo baratos los cojines en aquel país, hace ya mucho que pasaron los días en que era posible distinguir a una mujer de un dromedario—»
—¡Basta! —dijo el rey—; no lo soporto y no lo haré. Ya me has provocado un dolor de cabeza terrible con tus mentiras. El día, además, me parece que está empezando a aclarar. ¿Cuánto hace que estamos casados?—mi conciencia vuelve a molestarme. Y luego ese toque de dromedario—¿me tomas por tonto? En resumen, bien podrías levantarte y dejar que te estrangulen.
Estas palabras, según me entero por el Isitsöornot, afligieron y asombraron a Sherezade; pero, como sabía que el rey era un hombre de escrupulosa integridad y muy poco dado a faltar a su palabra, se sometió a su destino con buen talante. Extrajo, sin embargo, un gran consuelo (mientras se tensaba la cuerda del arco) del pensamiento de que gran parte de la historia aún quedaba por contar, y de que la petulancia de su marido, que era una bestia, le había deparado un más que justo castigo al privarle de un sinfín de aventuras inconcebibles.