Entonces debo abandonarlo definitivamente. Pero antes debo prestarle todas las pequeñas atenciones que estén a mi alcance.
—¡El amontillado! —exclamó mi amigo, que aún no se había recuperado de su asombro.
—Es cierto —respondí—; el amontillado.
Al decir estas palabras, me ocupé entre el montón de huesos de los que ya he hablado. Apartándolos a un lado, pronto descubrí una cierta cantidad de piedra de construcción y mortero. Con estos materiales y con la ayuda de mi palustre, comencé a tapiar enérgicamente la entrada del nicho.
Apenas había colocado la primera hilada de mi albañilería cuando descubrí que la borrachera de Fortunato se había disipado en gran medida.
El primer indicio que tuve de ello fue un débil y gemebundo lamento desde el fondo del nicho. No era el grito de un hombre borracho.
Siguió luego un silencio prolongado y obstinado. Coloque la segunda hilada, y la tercera, y la cuarta; y entonces escuché las furiosas vibraciones de la cadena. El ruido duró varios minutos, durante los cuales, para escucharlo con mayor satisfacción, cesé en mis labores y me senté sobre los huesos.
Cuando por fin el tintineo cesó, retomé la cuchara de albañil y terminé sin interrupción la quinta, la sexta y la séptima hilada. El muro estaba ya casi a la altura de mi pecho. Me detuve de nuevo y, sosteniendo las antorchas sobre la obra de mampostería, proyecté unos débiles rayos sobre la figura del interior.
Una sucesión de gritos fuertes y agudos, brotados de repente de la garganta de la figura encadenada, pareció empujarme violentamente hacia atrás. Por un breve momento dudé—temblé. Desenvainando mi