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nydus/Short FictionPublic
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El cofre alargado

de salvarnos en los botes. A las ocho de la tarde, las nubes se abrieron a barlovento y tuvimos la ventaja de una luna llena, una buena fortuna que sirvió maravillosamente para alentar nuestros alicaídos espíritus.

Tras un trabajo increíble, logramos por fin echar el bote largo por la borda sin sufrir ningún accidente de consideración, y en él nos apretujamos toda la tripulación y la mayor parte de los pasajeros.

Este grupo zarpó de inmediato y, tras pasar grandes sufrimientos, llegó por fin, a salvo, a la ensenada de Ocracoke, al tercer día del naufragio.

Catorce pasajeros, junto con el capitán, permanecieron a bordo, decidiendo confiar su suerte al bote de servicio que colgaba de la popa.

Lo arriamos sin dificultad, aunque fue poco menos que un milagro que evitáramos que se anegara al tocar el agua. Iban en él, una vez a flote, el capitán y su esposa, el señor Wyatt y su grupo, un oficial mexicano, su esposa, cuatro niños y yo mismo, junto con un criado negro.

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