Llegó incluso a acusarme, riendo, de precipitación—de imprudencia. Me pidió que recordara que, en realidad, ni siquiera sabía quién era ella—cuáles eran sus perspectivas, sus relaciones, su posición en la sociedad. Me rogó, pero con un suspiro, que reconsiderase mi propuesta, y calificó mi amor de encaprichamiento—de fuego fatuo—de capricho o fantasía del momento—de creación infundada e inestable de la imaginación más que del corazón. Estas cosas las pronunció mientras las sombras del dulce crepúsculo se acumulaban más y más oscuras a nuestro alrededor—y luego, con una suave presión de su mano de hada, derrumbó, en un solo y dulce instante, todo el andamiaje argumental que había levantado.
Respondí como mejor pude—como solo un verdadero amante puede hacerlo. Hablé largamente y con perseverancia de mi devoción, de mi pasión—de su hermosura sin par y de mi propio y entusiasta ardimiento. Para terminar, insistí, con energía convincente, en los peligros que cercan el curso del amor—ese curso del amor verdadero que jamás transcurrió sin tropiezos—y deduje de este modo el peligro manifiesto de hacer dicho curso innecesariamente largo.
Este último argumento pareció por fin ablandar