—¡Santos cielos! —exclamé—, los lunáticos se han escapado sin lugar a dudas.
—Mucho temo que así sea —respondió el señor Maillard, que en ese momento se ponía extremadamente pálido. Apenas había terminado la frase, cuando se escucharon fuertes gritos e imprecaciones debajo de las ventanas; e, inmediatamente después, se hizo evidente que algunas personas desde afuera estaban tratando de entrar en la habitación. La puerta fue golpeada con lo que parecía ser un mazo, y los contrapesos de las contraventanas fueron arrancados y sacudidos con prodigiosa violencia.
Se desencadenó una escena de la más terrible confusión. Monsieur Maillard, con mi excesivo asombro, se arrojó debajo del aparador. Yo había esperado de él mayor resolución.
Los miembros de la orquesta, que durante los últimos quince minutos habían estado Aparentemente demasiado intoxicados para cumplir con su deber, se pusieron de pie de un salto, al unísono, y con sus instrumentos treparon a su mesa, rompiendo a tocar, a una sola voz, «Yankee Doodle», obra que interpretaron, si no exactamente afinada, al menos con una energía sobrehumana, durante todo el revuelo.
Entre tanto, sobre la mesa principal del comedor, entre las botellas y los vasos, brincaba el caballero que, con tanta dificultad, había sido retenido antes de brincar allí. Tan pronto como se hubo acomodado bien, comenzó un discurso que, sin duda, debió de ser magnífico, de haber podido ser escuchado. En el mismo momento, el hombre con predilección por la perinola se puso a girar por la habitación, con inmensa energía y con los brazos extendidos en ángulo recto con respecto a su cuerpo; de modo que tenía todo el aire de una perinola en verdad, y derribaba a todo el que se ponía en su camino.