loge de concierge. Antes de entrar caminamos calle arriba, doblamos por un callejón y luego, doblando de nuevo, pasamos por la parte trasera del edificio —mientras Dupin examinaba todo el vecindario, así como la casa, con una minuciosidad de atención para la cual no hallaba yo ningún objeto posible—.
Desandando nuestros pasos, llegamos de nuevo al frente de la vivienda, tocamos el timbre y, tras mostrar nuestras credenciales, fuimos admitidos por los agentes a cargo. Subimos —a la estancia donde se había encontrado el cadáver de mademoiselle L’Espanaye, y donde ambas difuntas aún yacían—. Los desórdenes de la habitación se habían dejado tal como estaban, según la costumbre. No vi nada más allá de lo que se había publicado en la Gazette des Tribunaux. Dupin lo examinó todo minuciosamente, sin exceptuar los cuerpos de las víctimas. Luego fuimos a las otras habitaciones y al patio; un gendarme nos acompañó durante todo el recorrido. La inspección nos ocupó hasta el anochecer, momento en que emprendimos la retirada. De camino a casa, mi compañero pasó un momento por la redacción de uno de los diarios.