vecinos acerca de su singular propensión —ese Pierre Bon-Bon, digo, habiéndolos echado a todos de su casa, cerró la puerta con llave maldiciendo y se dispuso, no precisamente de muy pacífico humor, a disfrutar de las comodidades de un sillón de rejilla y un fuego de leños ardientes.
Era una de esas noches terribles que solo se encuentran una o dos veces en un siglo.
Nevaba furiosamente, y la casa se tambaleaba hasta sus cimientos con los torrentes de viento que, precipitándose por las rendijas de la pared y cayendo impetuosamente por la chimenea, sacudían espantosamente las cortinas de la cama del filósofo y desorganizaban el orden de sus moldes de paté y sus papeles.
El enorme cartel en folio que pendía afuera, expuesto a la furia de la tempestad, crujía de manera ominosa y emitía un sonido quejumbroso desde sus soportes de roble macizo.
No fue de humor apacible, digo, cuando el metafísico arrastró su silla hasta su habitual puesto junto al hogar. Muchas circunstancias de naturaleza desconcertante habían ocurrido durante el día, turbando la serenidad de sus meditaciones. Al intentar unos œufs à la Princesse, había perpetrado por desgracia una omelette à la Reine; el descubrimiento de un principio ético se había visto frustrado por el vuelco de un guiso; y por último, que no es lo de menos, había fracasado en una de esas admirables transacciones que en todo momento le producía tan especial deleite llevar a un término exitoso. Pero en la irritación de su mente ante estas vicisitudes inexplicables, no dejó de mezclarse cierto grado de esa ansiedad nerviosa que la furia de una noche tempestuosa es tan propicia a producir. Silbando para atraer más cerca de sí al gran perro de aguas negro del que ya hemos hablado antes, y acomodándose con inquietud en su silla, no pudo evitar arrojar una mirada cautelosa y desasosegada hacia aquellos