Entre tanto, habíamos quedado a popa del buque y, al encontrarnos ya fuera de su resguardo, estábamos a merced de aquel mar tremendo que todavía no amainaba.
Hicimos un esfuerzo decidido por regresar, pero nuestra pequeña embarcación era como una pluma en el aliento de la tempestad. Comprendimos de un vistazo que la suerte del desafortunado artista estaba echada.
A medida que nuestra distancia del pecio aumentaba rápidamente, se vio al demente (pues solo como tal podíamos considerarlo) emerger por la escala de la toldilla, hacia arriba de la cual, mediante una fuerza que parecía gigantesca, arrastró materialmente la caja oblonga. Mientras mirábamos en el colmo del asombro, pasó con rapidez varias vueltas de un cabo de tres pulgadas, primero alrededor de la caja y luego alrededor de su cuerpo. En otro instante, tanto el cuerpo como la caja estaban en el mar, desapareciendo de repente, a la vez y para siempre.
Permanecimos un momento con tristeza sobre los remos, con los ojos clavados en aquel lugar. Al fin nos alejamos. El silencio se mantuvo ininterrumpido durante una hora. Por último, me atreví a hacer un comentario.
—¿Observó, capitán, con qué rapidez se hundieron? ¿No le pareció eso algo sumamente singular? Confieso que abrigaba alguna débil esperanza de su salvación final cuando lo vi atarse a la caja y entregarse al mar.
—Se fueron a pique como era de esperar —respondió el capitán—, y además en un santiamén. Sin embargo, no tardarán en volver a flote..., pero no antes de que la sal se derrita.
—¡La sal! —exclamé.