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nydus/Short FictionPublic
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La caída de la casa de Usher

los árboles podridos que las rodeaban—, sobre todo, en la larga y no interrumpida permanencia de esta disposición, y en su duplicación en las aguas quietas del estanque.

Su evidencia —la evidencia de la sensibilidad— se dejaba ver, según dijo, (y aquí me estremecí al oírle,) en la paulatina pero cierta condensación de una atmósfera propia en torno a las aguas y a los muros. El resultado era perceptible, añadió, en aquella silenciosa, pero insistente y terrible influencia que durante siglos había forjado los destinos de su familia, y que lo había hecho tal como ahora lo veía —tal como era. Tales opiniones no necesitan comentarios, y no haré ninguno.

Nuestros libros —los libros que, durante años, habían constituido no pequeña parte de la existencia mental del enfermizo— estaban, como es de suponer, en estricta consonancia con este carácter de fantasmagoría. Escudriñábamos juntos obras tales como el Ververt et Chartreuse de Gresset; el Belfegor de Maquiavelo; el Cielo y el Infierno de Swedenborg; el Viaje subterráneo de Nicolás Klimm de Holberg; la Quiromancia de Robert Flud, de Jean D’Indaginé y de De la Chambre; el Viaje al país lejano y azul de Tieck; y la Ciudad del Sol de Campanella. Un volumen predilecto era una pequeña edición en octavo del Directorium Inquisitorium, del dominico Eymeric de Gironne; y había pasajes en Pomponio Mela, acerca de los antiguos sátiros y egipanes de África, sobre los cuales Usher se quedaba soñando durante horas. Su principal deleite, sin embargo, se encontraba en la lectura de un libro en cuarto gótico, sumamente raro y curioso —el manual de una iglesia olvidada—: las Vigiliae Mortuorum secundum Chorum Ecclesiae Maguntinae.

No pude menos que pensar en el rito salvaje de esta labor, y en su probable influencia sobre el hipocondriaco, cuando, una noche, tras comunicarme abruptamente que lady Madeline había dejado de existir, manifestó su intención de conservar su cadáver durante quince días (antes de su sepultura definitiva) en una de las numerosas bóvedas situadas en los muros principales del edificio.

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