una idea justa de la fiereza con que resistió, luchando contra la Sombra. Gimí de angustia ante aquel espectáculo lastimoso. Habría querido consolarla, habría querido razonar con ella; pero, ante la intensidad de su salvaje deseo de vivir —¡de vivir!, ¡tan solo de vivir!—, el consuelo y la razón eran la mayor de las locuras.
Y no fue sino hasta el último instante, en medio de las más convulsas torceduras de su fiero espíritu, que se vio sacudida la externa placidez de su talante. Su voz se hizo más suave—se hizo más baja—, mas yo no querría detenerme en el sentido delirante de aquellas palabras dichas con calma. Mi cerebro tambaleaba al escuchar, extasiado, una melodía más que mortal—unos presupuestos y aspiraciones que la mortalidad jamás antes había conocido.
Que me amaba, no debí haberlo dudado; y bien podría haberme dado cuenta de que, en un pecho como el suyo, el amor no habría reinado como una pasión ordinaria. Pero solo en la muerte comprendí del todo la fuerza