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nydus/Short FictionPublic
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Falta de aliento

Hay canallas en este mundo, recordé con un suspiro, que no tendrán escrúpulos en aprovecharse injustamente ni siquiera de un vecino de puerta, y (esta observación es de Epicteto) es precisamente en el momento en que los hombres están más ávidos por librarse de la carga de sus propias calamidades cuando sienten el menor deseo de aliviarlas en los demás.

Sobre consideraciones similares a estas, y sin soltar la nariz del señor W., creí por lo tanto oportuno modelar mi respuesta.

“¡Monstruo! —comencé en un tono de la más profunda indignación—, ¡monstruo e imbécil de doble fuelle! —te atreves tú, a quien por tus iniquidades ha placido al cielo maldecir con una doble respiración—, ¿te atreves tú, digo, a dirigirme la familiar palabra de un viejo conocido? —¡«Que miento», nada menos!, y «¡que me calle», por supuesto! —¡bonita conversación, en verdad, para con un caballero de un solo aliento! —¡todo esto, además, cuando tengo en mi poder el remediar la calamidad bajo la cual sufres tan justamente—, el recortar los excesos de tu infeliz respiración!”.

Como Bruto, aguardé una respuesta, con la cual, como un tornado, el señor Windenough me abrumó de inmediato. A las protestas siguieron protestas, y a las disculpas, disculpas. No había condición que no estuviera dispuesto a cumplir, y no hubo ninguna de la cual no me aprovechara al máximo.

Concertadas por fin las preliminarias, mi conocido me entregó la respiración; por la cual (tras haberla examinado cuidadosamente) le di después un recibo.

Tengo conciencia de que muchos me culparán por hablar de manera tan superficial de un asunto tan impalpable. Se pensará que debí haber entrado con mayor minuciosidad en los detalles de un suceso mediante el cual —y esto es muy cierto— podría haber arrojado mucha y nueva luz sobre una rama sumamente interesante de la filosofía física.

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