se corrompería de modo forzoso en poco tiempo y se volvería inservible debido al contacto frecuente con los pulmones. Era expulsada entonces por una pequeña válvula en el fondo de la barquilla —hundiéndose con presteza el aire denso en la atmósfera más tenue de abajo—. Para evitar el engorro de crear un vacío total en cualquier momento dentro de la cámara, esta purificación jamás se realizaba de golpe, sino de manera gradual —abriéndose la válvula solo durante unos segundos y cerrándose de nuevo hasta que una o dos emboladas de la bomba del condensador reponían el aire expulsado—. A modo de experimento, había metido al gato y a los gatitos en una cestita y la había colgado fuera de la barquilla de un botón en el fondo, cerca de la válvula, a través de la cual podía alimentarlos en cualquier momento de ser necesario. Hice esto con cierto pequeño riesgo y antes de cerrar la boca de la cámara, alcanzando por debajo de la barquilla con una de las pértigas mencionadas antes a la que había acoplado un gancho. > > “Para cuando hube completado por completo estos preparativos y llenado la cámara según lo explicado, faltaban solo diez minutos para las nueve. Durante todo el tiempo que estuve empleado en esto, padecí el tormento más terrible debido a la dificultad respiratoria y me arrepentí amargamente de la negligencia, o más bien temeridad, de la que había sido culpable al aplazar para el último momento un asunto de tanta importancia. Mas habiéndolo culminado al fin, no tardé en cosechar los beneficios de mi invento. Respiré una vez más con perfecta libertad y soltura —y en verdad, ¿por qué no habría de hacerlo?—. Me sorprendió asimismo gratamente hallarme en gran medida aliviado de los violentos dolores que
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La incomparable aventura de un tal Hans Pfaall
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