¿Podía dar crédito a mis ojos?—¿pude hacerlo?—esa era la cuestión. ¿Era aquello—era aquello—era aquello rojo? ¿Y eran aquellas—y eran aquellas—eran aquellas arrugas, en el rostro de Eugénie Lalande? ¡Y oh! ¡Júpiter, y todos los dioses y diosas, menores y mayores!—¿qué—qué—qué—qué había sido de sus dientes? Arrojé violentamente los anteojos al suelo y, saltando sobre mis pies, me incorporé erguido en medio de la estancia, enfrentándome a la señora Simpson, con los brazos en jarra, y gesticulando y echando espuma por la boca, pero, al mismo tiempo, absolutamente mudo de terror y de rabia.
Ahora bien, ya he dicho que Madame Eugénie Lalande—es decir, Simpson—hablaba el idioma inglés muy poco mejor de lo que lo escribía, y por esta razón, con toda propiedad, nunca intentaba hablarlo en ocasiones ordinarias. Pero la ira puede llevar a una dama a cualquier extremo; y en el presente caso llevó a la señora Simpson al extraordinario extremo de intentar