—¡Eh bien! mon ami —retomó con cierto apremio en los modales que me sorprendió un tanto—; ¡eh bien! mon ami, me habéis pedido con ahínco un favor al que habéis tenido a bien calificar de inestimable. Me habéis exigido mi mano para el día de mañana. Si accediera a vuestros ruegos —y, puedo añadir, a las súplicas de mi propio pecho—, ¿no tendría derecho a exigiros a cambio una muy... una muy pequeña merced?
“¡Nómbralo!”, exclamé con una energía que casi había atraído sobre nosotros la atención de la compañía, y retenido únicamente por su presencia de arrojarme impetuosamente a sus pies. “¡Nómbralo, amada mía, mi Eugénie, mi propia Eugénie!—¡nómbralo!—pero, ¡ay!, ya ha sido concedido antes de ser nombrado”.
«Vencerás, pues, mon ami —dijo ella—, por amor de la Eugenia a quien amas, esta pequeña debilidad que al fin has confesado; esta debilidad más moral que física y que, déjame asegurarte, resulta tan poco propicia a la nobleza de tu verdadera naturaleza, tan incompatible con la franqueza de tu carácter habitual, y que, de permitírsele seguir dominándote, te meterá sin duda, más tarde o más temprano, en un aprieto de lo más desagradable. Vencerás, por mí, esta afectación que te lleva, como tú mismo reconoces, a la negación tácita o implícita de tu deficiencia visual. Porque dicha deficiencia la niegas virtualmente al negarte a emplear los medios habituales para remediarla. Comprenderás entonces que quiero que uses gafas: ¡ah, chist!; ya has accedido a usarlas, por mí. Aceptaras la pequeña chuchería que ahora tengo en la mano, y que, aunque admirable como ayuda para la vista, en realidad no tiene un valor inmenso como gema. Verás que, con una ligera modificación así, o así, puede adaptarse a los ojos en forma de gafas, o llevarse en el bolsillo del chaleco como monóculo. Es de la primera manera, sin embargo, y de forma habitual, como ya has accedido a llevarlas por mí».