trance, ni el lugar en el que entonces yacía. Mientras permanecía inmóvil, ocupado en el esfuerzo de ordenar mis pensamientos, la mano fría me agarró con fiereza por la muñeca, sacudiéndola con petulancia, mientras la voz tartamudeante decía de nuevo:
«¡Levántate! ¿No te mandé que te levantaras?»
—Y tú —exigí—, ¿quién eres?
—No tengo nombre en las regiones que habito —respondió la voz con tristeza—; fui mortal, pero soy demonio. Fui despiadado, pero soy compasivo. Sientes que me estremezco. Mis dientes castañean mientras hablo, mas no es por el frío de la noche, de la noche sin fin.
Pero esta atrocidad es insorportable. ¿Cómo puedes dormir tranquilamente? No puedo descansar por el grito de estas grandes agonías. Estas visiones son más de lo que puedo soportar.
¡Levántate! Ven conmigo a la Noche exterior y déjame revelarte las tumbas. ¿No es este un espectáculo de dolor? —¡Mira!