atención hacia la disposición altamente artificial de los objetos. Sobre la piedra superior yacía una enagua blanca; sobre la segunda, un pañuelo de seda; esparcidos alrededor había una sombrilla, unos guantes y un pañuelo de bolsillo que llevaba el nombre de «Marie Rogêt». He aquí exactamente el tipo de disposición que haría de manera natural una persona no demasiado perspicaz que deseara colocar los objetos con naturalidad. Pero no es en modo alguno una disposición verdaderamente natural. Más bien habría esperado ver las cosas tiradas por el suelo y pisoteadas. En los estrechos límites de aquel cenador, apenas habría sido posible que la enagua y el pañuelo conservaran una posición sobre las piedras al ser sometidos al roce de acá para allá de muchas personas forcejeando. > «Hubo indicios —se dice— de un forcejeo; y la tierra estaba pisoteada, los arbustos rotos», mas la enagua y el pañuelo se encuentran depositados como si estuvieran sobre estantes. «Los trozos del vestido arrancados por los arbustos medían unas tres pulgadas de ancho por seis de largo. Una parte era el dobladillo del vestido y había sido remendada. Parecían tiras arrancadas». Aquí, inadvertidamente, Le Soleil ha empleado una frase sumamente sospechosa. Los trozos, tal como se describen, en verdad «parecen tiras arrancadas», pero a propósito y a mano. Es uno de los accidentes más raros que un trozo sea «arrancado» de cualquier prenda como la que ahora nos ocupa por la acción de una espina. Por la propia naturaleza de tales tejidos, una espina o un clavo que se enrede en ellos los rasga de forma rectangular —los divide en dos desgarros longitudinales, en ángulo recto el uno respecto del otro, que se encuentran en un vértice por donde penetra la espina—, pero resulta difícil concebir que el trozo sea «arrancado». Jamás lo vi así, ni vos tampoco. Para arrancar un trozo de semejante tejido se requerirán, en casi todos los casos, dos fuerzas distintas en direcciones diferentes. Si hay dos bordes
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El misterio de Marie Rogêt
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