maleza crecida se encontraban por encima, no había obstrucción alguna por debajo, ni siquiera para el paso de un carro de montaña virginiano —el vehículo más ambicioso, por así decirlo, en su género. El camino, sin embargo, salvo por estar abierto a través del bosque —si es que bosque no es un nombre demasiado pesado para tal conjunto de árboles ligeros— y salvo en lo tocante a las evidentes huellas de ruedas, no guardaba parecido con ningún otro camino que hubiera visto antes. Las huellas de las que hablo apenas eran perceptibles, pues habían quedado impresas en la superficie firme y a la vez agradablemente húmeda de lo que parecía más bien terciopelo verde de Génova que cualquier otra cosa. Era hierba, sin duda, pero una hierba como rara vez vemos fuera de Inglaterra: tan corta, tan espesa, tan uniforme y de un color tan vivo. Ni un solo obstáculo yacía en la ruta de las ruedas, ni una sola astilla o rama seca. Las piedras que antaño obstruían el paso habían sido colocadas cuidadosamente —no arrojadas— a lo largo de los márgenes del camino, de modo que delimitaban su base con una definición medio precisa, medio negligente y totalmente pintoresca. Macizos de flores silvestres crecían por doquier, lujuriantemente, en los espacios intermedios.
Qué pensar de todo esto, por supuesto que no lo sabía. He aquí el arte indudablemente— eso no me sorprendía— todos los caminos, en el sentido ordinario, son obras de arte; ni puedo decir que hubiera mucho de qué maravillarse en la mera exageración de arte manifestada; todo lo que parecía haberse hecho, podría haberse hecho aquí —con tales «capacidades» naturales (como dicen en los libros de Jardinería Paisajística)— con muy poco esfuerzo y gasto. No; no era la cantidad sino el carácter del arte lo que me hacía tomar asiento en una de las piedras floridas y contemplar arriba y abajo esta avenida de cuento de hadas durante media hora más o menos con atónita admiración.