Aquí tu semblante se iluminó y, al percibir que tus labios se movían, no pude dudar de que murmurabas la palabra "estereotomía", un término aplicado con mucha afectación a esta especie de pavimento. Sabía que no podías decirte "estereotomía" sin que te vinieran a la mente los atomismos y, por ende, las teorías de Epicuro; y puesto que, cuando discutimos este tema no hace mucho, te mencioné cuán singularmente, aunque con cuán poca atención, las vagas suposiciones de aquel noble griego habían encontrado confirmación en la reciente cosmogonía nebular, sentí que no podías evitar alzar los ojos hacia la gran nebulosa de Orión, y ciertamente esperaba que lo hicieras. Alzaste la vista; y tuve entonces la certeza de que había seguido correctamente tus pasos. Pero en aquella amarga tirada contra Chantilly, aparecida en el Musée de ayer, el satirista, haciendo alusiones vergonzosas al cambio de nombre del zapatero al adoptar el coturno, citó una línea en latín sobre la que hemos conversado a menudo. Me refiero a la línea
Perdidit antiquum litera prima sonum.
Le había dicho que esto se refería a Orión, antiguamente escrito Urion; y, por ciertos detalles punzantes relacionados con esta explicación, estaba seguro de que no podía haberlo olvidado.
Era evidente, por lo tanto, que no dejaría usted de combinar las dos ideas de Orión y Chantilly. Que las combinó lo vi por la naturaleza de la sonrisa que cruzó por sus labios.
Pensó usted en el sacrificio del pobre zapatores. Hasta ese momento había estado caminando con los hombros encorvados; pero entonces lo vi enderezarse hasta alcanzar toda su estatura. Tuve la seguridad de que estaba reflexionando sobre la diminuta figura de Chantilly.
En este punto interrumpí sus meditaciones para observar que, como de hecho era un hombre muy pequeño —ese Chantilly—, le iría mejor en el Théâtre des Variétés.